I, I follow, I follow you

Los algoritmos gozan de una fama cuanto menos sospechosa. En el mejor de los casos son ese compañero de trabajo joven, brillante y guapo que siempre anda con una sonrisa en los labios pero que solo está de paso hasta que le fichen en un sitio mejor: es eficiente, sí, pero sabemos que no nos quiere.

Sin embargo hoy he pensado que el Descubrimiento semanal de Spotify, con toda su irregularidad, es una cosa bien bonita: todos los lunes alguien nos selecciona 20 canciones que de verdad cree que nos pueden gustar. Y esa persona no es un Boston Dynamics con un gran criterio musical (apúntenme a esa posibilidad), sino una mezcla de todos los usuarios de Spotify que involuntariamente están recomendándote o desaconsejándote música todo el rato. Y de ese batiburrillo de amor por la música de millones de personas de vez en cuando surge una canción maravillosa. Eso es bonito:

Quizás los algoritmos de recomendación sean solo una versión primitiva de la mente colmena en la que todos nos fundiremos cuando llegue la Singularidad. Y entonces se/nos dedicará/dedicaremos a escuchar una canción de tecnopop perfecta por toda la eternidad. No me parece, ni de lejos, el peor de los destinos posibles.

 

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Chorivisión 2: donde no hay…

A estas alturas es casi parte de la familia, ese primo regordete al que preguntamos si tiene novia aunque conocemos de antemano la respuesta. En los dos últimos años le hemos visto de todas las maneras: criticando a los jugadores del Madrid, opinando sobre otros fenómenos del youtube o revisando sus notas por internet. Pero al igual que con nuestros primos segundos, muy pocos han ahondado más allá de la superficie y conocen la auténtica y verdadera historia de Leopold, el Niño Loco Alemán.

Cuando el 20 de Noviembre de 2006 el joven Sebastian Bosse irrumpió armado en su escuela de Emsdetten, Alemania, y se suicidó tras herir a cuatro de sus compañeros, la opinión publica germana no tardó en buscar alguna explicación a tan terrible acto de violencia. No tardaron en encontrar una de lo más oportuna: en los últimos meses el suicida había pasado las horas muertas jugando al World of Warcraft. Curiosamente, que ResistantX, su alias internautico, cargase en su testamento videográfico contra la crueldad y superficialidad de sus compañeros no se consideró noticioso.

Comenzaron los debates televisivos y con ellos el desfile de expertos, psicólogos y políticos, muchos políticos. La solución para estos era sencilla: prohibir los videojuegos violentos. Para terminar de añadir leña al fuego, el programa Journalists de la cadena FocusTV difundió un alarmante vídeo que mostraba a un adolescente cayendo en la histeria intentando jugar a otro videojuego. Según Journalists, había sido grabado con cámara oculta por el atribulado padre, poco antes de ingresarlo en una clínica mental de Amsterdam. Nuestro héroe se había convertido en mainstream…

Actor de método, los pelos como escarpias

…pero seguramente no de la manera que él hubiese querido. Porque Leopold, que así se llama el mozalbete, no está loco, sino que tiene “un sentido del humor que no todo el mundo entiende”, como él mismo se describe. Antes del vídeo que le hizo universalmente famoso ya había logrado hacerse su huequecito internautico en Hodenmumps.net, un equivalente alemán de El Rellano o Yonkis, en el que colgaba piezas protagonizadas por Der Echte Gangster (El Auténtico Gangster), un personaje con el que criticaba la moda gangsta-rap.

Viendo la polémica desatada alrededor de los videojuegos a raíz del suceso de Emsdetten, quiso grabar un vídeo con el que mofarse del concepto de jugador desequilibrado y violento que estaba siendo propagado. Sin embargo, consiguió justo lo contrario. FocusTv le pidió permiso para emitir su vídeo y se inventó la historia del padre preocupado; historia que los políticos se tragaron encantados porque era exactamente lo que querían creer. Y así, víctima de su gran interpretación, se convirtió para siempre en Angry German Kid. Cuando intentó aclarar la confusión con otros vídeos ya era tarde, y durante un año dejó de publicar material nuevo debido a las presiones que sufría en su día a día.

Y es que, a pesar de que en estos tiempos comprobar una información sea tan fácil como realizar un par de búsquedas en San Google, parece que hay un tópico que nunca cambiará en el mundo periodístico: nunca dejes que la verdad te estropee una buena noticia.

Era

Era la última clase del viernes, y el Profesor Enrrollao nos dio la última media hora libre mientras él se iba a la cantina. Asi que la clase se dividió como siempre hacía, entre los que hablaban con las niñas y los que hacían el imbécil para que les mirasen las niñas. En el primer grupo estaba Javi, el número uno, el puto amo, el que ponía los motes y daba las mejores hostias jugando al mosca. En el segundo estaba Lolo, portero del equipo de fútbol, buenazo, rubito y tontorrón. No existían antecedentes entre ellos.

Javi hablaba con las repetidoras que se sentaban detrás suya, que a pesar de los brazos cruzados no podían ocultar que estaban encantadas por la atención que estaban recibiendo. Lolo, en la pizarra, lanzaba tizas y bolas de papel a discreción. No sé qué mierda pasó por su mente para decidir lanzar una bola de papel albal, más dura, compacta y aerodinámica, justo a quien no debía, con la de mierdas que habíamos rellenando la clase.

“Javi, Javi” se le escuchó decir mientras la bola volaba hacia su objetivo. El aludido se giró sin sospechar nada, y la bolita de marras le dio en toda la nariz con una velocidad más que decente. Mientras se rascaba la napia, se levantó de su sitio y tranquilamente avanzó hacia Lolo, que encogido contra la pizarra y entre risas nerviosas esperaba algún tipo de simpática represalia; lo mismo que esperábamos el resto de la clase, viendo el paso parsimonioso y calmo que le acercaba.

Cuando llegó hasta el encerado, le metió la mayor colección de sopapos que he visto en mi vida. Fue una explosión de hostias, un festival del puño-mandíbula, un combo x8 del Super StreetFighter hecho realidad. Durante diez segundos, en una clase de cuarenta y dos adolescentes pre-ESO, sólo se escuchó el ritmo un-dos que marcaban unos nudillos y una cara. Donde Javi antes tenía los brazos, ahora sólo había un borrón; donde antes estaba la cabeza de Lolo ahora no había nada.

La cosa finalizó con un expresivo “joder, si es que… pa que me…”, que Lolo aprovechó para salir como pudo de la clase. A los cinco minutos apareció nuestro tutor con cara de Profesor Enrrollao En Apuros:
– A ver qué ha pasado, Javi, que Lolo está en la enfermería con los aparatos reventaos y dice que ha sido en una pelea contigo.
– Eso es mentira, aquí no ha habido ninguna pelea, aquí el único que ha repartido ostias he sido yo – dijo La Tranquilidad de Conciencia.
– Ah, pues… en ese caso… si no ha habido pelea…- respondió el entumefacto profesor, mientras nuestros corazones rebosaban adoración hacia Javi. Nos traía loquitos, ains.

Y no sé por qué, me he acordado yo de esto estos dias.

L�bano
Joder, si no nos dicen dónde están escondidos los dos soldados, ¿¿qué otra cosa podemos hacer??

El Fuego y la Ira

Como a muchos, las escenas de Francia de estos días me recuerdan a La Haine, muy buena película del año 95, la más destacada con diferencia de esa pseudo-ola contestaria de la época que incluía películas como Kids o Historias del Kronen. Curioso ver cómo el sistema que ya se veía caer hace una década haya aguantado tanto. Y curioso ver cómo nadie del gobierno en todo ese tiempo ha hecho nada por evitar que se desplomase.

Los paralelismos son estupendos: en la película, un joven moro ha sido apalizado por la policía, y durante su coma se desatan las revueltas. En la vida, han sido dos morillos, y han muerto directamente, sin suspense comatoso. En ambos casos, la respuesta de los jóvenes de los barrios ha sido la misma: violencia por violencia. Destrucción de los coches del vecino, del gimnasio del barrio, de la guardería pública. Violencia como desfogue, como grito, como diversión. No se han buscado símbolos, no hay manifestaciones organizadas, no hay un mensaje. Lo contrario que en el legendario Mayo del 68, donde todo eran lemas y mensajes que no tuvieron consecuencia ningua, excepto que todos los progres españoles dijesen que estuvieron ahí, de vacaciones o estudiando, según la ambición imaginativa de cada cual.

Aparte de eso, para mi todo esto es un bonito ejemplo del Kali Yuga. Un declive civilizatorio en el que veo conexiones con el descenso en picado del nivel educativo en España, con la Nada Envasada que cíclicamente nos quieren vender como nuestra las Grandes Corporaciones, asesorados por cuarentones guays que nos conocen mejor que nosotros mismos.

La respuesta de las nuevas generaciones a la Nada corporativa es una Nada más propia, más suya, fuera de lo Democrático y Correcto. Los adolescentes creen que una ostia a tiempo a la novia evita problemas, que un sábado noche está para ponerse ciego, que quizás quemar el coche del gafas del tercero no arregle nada, pero les gusta. Los mensajes del Estado simplemente no les llegan, igual que no les llegan los de sus profesores.

Y mientras, el Viejo Orden, los que todavía ¿creen? que la Felicidad del pueblo es darles una casa, un sueldo medio y la posibilidad de votarles cada cuatro años, se atrincheran y protegen de esa chusma… que es la que les vota. La República sobrevivirá, dicen, como si la Toma de la Bastilla que parió dicha República hubiese sido otra cosa que chusma rabiosa queriendo quemar cosas porque el precio del pan estaba por las nubes, y sus gobernantes les decían “a falta de pan, buenas son tortas/ es necesario flexibilizar el mercado laboral para ganar en competitividad”.

Por eso veo un declive civilizatorio. Ya nadie se cree que el progreso técnico nos hará libres, o felices, o tan siquiera prósperos a todos. Ahora que hay medios para divulgarla, la cultura no interesa. No hay ya excusas de caciquismo, de superchería, de necesidades prioritarias. Quizás haya sido así siempre, desde Grecia, y los que creían en una Democracia Universal no eran más que ciegos ilusos. Pero los herederos de Rousseau ya no pueden cerrar los ojos. El Pueblo, con la barriga llena y el coche en el garaje, quiere ver Crónicas Marcianas, no leer La República. Y si no tiene coche, se lo quema al de al lado. Kali Yuga, amiguito, Kali Yuga.

Winamp Angileptol – Bad Brains – The Regulator

Sepultura

Nunca he sido un gran metalero. Hice un tímido intento a lo Metallica con 13 años, pero salió Nirvana y tuve que convertirme a grunchi. Al crecer fui escuchando discos de jevi estilo Manowar que mis amigos escuchaban y daba gracias a Dios por no haberme dejado caer tan bajo. Pero siempre hubo un grupo al que respeté, aunque no fui un gran fan. Eran Sepultura. Rezumaban odio. Muy respetable.

Sepultura

Ahora, cuando bajarse una discografía es cosa de una hora, pienso en los días en que encontrar esos cedés de grupos punks que leías en alguna revista polvorienta del año 84, en esta Málaga provinciana donde no había una tienda decente y el hecho de que abriesen un Virgin se convertía en el evento social de la temporada (lo cerraron a los dos años), era una puta odisea. Y ahora que tengo mis anhelados Chaos A.D. y Arise en el disco duro, me los pongo a toda ostia con los cascos y saboreo los recuerdos de esa adolescencia de odio que igualmente tuve, pero que pudo haber tenido esta otra banda sonora. Yo también rezumaba odio. Hacia el mundo, hacia mi, hacia todo. Algo muy respetable, en estos tiempos.