Le llamaban Vanidad

Llevo tres semanas corriendo, entrenando duro para correr en Marzo una carrera aún por determinar. La disciplina parece que al fin da sus frutos y mis innatas cualidades para este deporte salen a la superficie. La ropa de licra ajustada también ayuda.

En el entrenamiento del otro día volé, literalmente. Mis piernas iban más rápido que nunca mientras que las pulsaciones estaban en sus mínimos. Le metí un pasón a un cincuentón; los pitidos de su pulsómetro al entrar en la zona de riesgo me indicaron que había sido demasiado para su orgullo. El ama de casa con la camiseta de la San Silvestre se echaba levemente a un lado al ver que me aproximaba; el fibroso moro con el que me cruzaba dos veces por vuelta, siempre a la misma altura, asentía respetuoso en cada encuentro. Mis ojos debían rezumar determinación, y ellos la reconocían.

Ya volviendo a casa, la altiva morena del paso de cebra me lanzó un duelo de miradas; tras quince tensos segundos de semáforo en rojo el resultado fue tablas. No sólo los atletas lo veían; también a los civiles les fascinaba la llama que ardía en mi.

Al entrar en el ascensor, vi en el espejo que tenía un moco tapándome la mitad de la ceja derecha. Debía llevar ahí desde que me despejé la nariz en el calentamiento, unos cincuenta minutos antes. Moraleja:

 

Vanitas vanitatum et omnia vanitas.

 

HIJOS DE PUTA TODOS.

Moco
Algo así pero con mallas

3 comentarios en “Le llamaban Vanidad

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