Viejos

Ah, los viejos… ¿qué hacer con ellos, verdad? Según cuentan Las Estadísticas (uuuuhhh…), en el 2050, ahí al lado, el 70% de la población será mayor de 60 años. Vamos, que habrá que madrugar para coger sitio en las zanjas. Y muchos se escandalizan, se tiran de los pelos, gritan a los vientos que ellos ya lo advirtieron, que es necesario meter todos los moros de Marruecos en España, porque si no no habrá pensiones para los viejos. Las sandeces de siempre, vaya. Como si ser viejo no solo fuese lo peor que te puede pasar en la vida, sino tambien lo peor que les puede pasar a los demás. Y es que este mundo nuestro tan Coca-Cola, tan juvenil, amiguitos, apesta.

Cumplir años no es lo peor que te puede pasar, desengáñate. Eso lo han sabido desde siempre todos los pueblos, todas las civilizaciones. El orden natural era que los jovenes luchasen y tuviesen hijos, porque tenían el cuerpo; que los adultos les gobernasen, porque tenían el respeto; y que los ancianos les supervisaran a todos ellos, porque tenían la sabiduría. Siempre hubo una Gerusia, un sabio, una asamblea de ancianos superior a los demás órganos de gobierno. En esa época, es decir, en todas las épocas que no tenían Sabor a Juventud Yeah como en la actual, se valoraba la experiencia sobre el ímpetu, sobre la fuerza física o sobre la belleza. Ese héroe Aquiles tan total y divino que va a encarnar en breve Brad Pitt era abuelo cuando sitiaba Troya. Ese Miguel Ángel que reflejó la grandeza del cuerpo humano en el Juicio Final de la Bóveda Sixtina como nunca se ha vuelto a hacer tenía 66 años (¡¡debería haber estado retirado!!) al finalizarlo. Lo mejor de Nietzsche vino al borde de su muerte, La Virgen de las Rocas de Leonardo, el Rey Arturo y su última carga… todos ellos ya habían entrado plenamente en el ocaso de sus existencias, sin que supusiese para ellos el considerarse acabados o inútiles. Que se lo digan a Picasso.

Y no hace falta irse a las cumbres de la Historia. ¿Quien no tiene un abuelo, un tio, un vecino ex legionario, ex guardia civil, con más pelo que yo, raya al lado perfecta, que se levanta a las siete de la mañana para recorrerse los 7 kilómetros que hay hasta el Mercado Central y poder comprar kilos y kilos de fruta a sus nietos? O equivalente. Ancianos que no se han rendido a hacer la fotosíntesis en un banco rodeado de cacas de pirbul. Gente que se cree útil y lo son. Autoinsuflándose vigor, vida, antes que dejarse morir. Esos, curiosamente, no se suelen morir con nuestras temidas largas agonías o enfermedades eternas que parecen no acabar nunca. Esos siguen igual hasta que un día, simplemente, no abren los ojos con el despertador.

capilla
Pero las cosas están organizadas hoy en dia de tal manera que al cumplir los 65 debes pasar directamente de tu puesto de trabajo, ese del que conoces como nadie sus entresijos y mecanismos, al banco a hacer miguitas. ¿Nadie ha pensado que esos viejos inútiles, aparcados, con cerebros anquilosados, no lo serían tanto si tuviesen algo que hacer que les hiciese sentir algo más que un cuerpo enfermo? Pero eso ya no es posible. Los viejos deben retirarse para dejar paso a los jóvenes para que estos puedan ganar dinero para… El trabajo no es completar una labor a cambio de la cual te remuneran; el trabajo es una manera de ganar dinero con la que de paso completas labores. Parece lo mismo pero no, lean atentamente. Ahora nos sobran esos cerebros que en la Antigüedad elegían para que les gobernasen. En vez de pedirles consejo, les pedimos que se aparten.

Y asi conseguimos que todo esté al revés, que el que sabe no pueda hacer y que al que no sabe se le pida experiencia, que haya tanta y tanta gente que sobra para los Realmente Útiles y que estén siempre por medio molestando en vez de irse a una residencia todos juntos, abuelo, ya verás como te diviertes rodeado de vegetales. Y que la progresía, la punta de lanza del pensamiento humanista (¡jus!), proponga como panacea el adelantar la edad de jubilación. A la mierda un mundo con un espacio para todos. Lo que hace falta es que todos llenen la panza y el garaje rapidito, que vamos que nos vamos. Palante, palante, siempre palante y sin rechistar.

-¿Pero adonde vamos?
– He dicho que sin rechistar.

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