Pecadores

Jose Alberto Espinosa escupió y cerró el tubo de pasta de dientes. Cogió el maletín, su chaqueta de pana, ya que hoy era viernes, Día de Vestir Sport en la oficina, y las llaves del todoterreno, y salió por la puerta. El aire caliente le abofeteó las dos mejillas. Jose Alberto eligió girar la cabeza hacia la derecha, que siempre le había dado más confianza.

Al destorsionar el cuello y entreabrir los ojos hasta donde se lo permitía la evaporación de sus retinas, vio que el mundo estaba ardiendo, desde el cielo hasta la acera de su casa, pasando por todo lo que había por medio. La valla empezaba a derretirse pero aguantaba estoicamente. El todoterreno debía ser eso de alli.

-Es una vergüenza, ¿eh vecino? No acaban de asfaltar el último cable cuando ya están empezando el siguiente.- Hablaba Juan Antonio Eremburu, su vecino y antiguo compañero de los Maristas, desde la puerta de la casa de al lado. Nunca habían sido amigos pero les unía el haber hecho la comunión juntos, y haber jugado juntos de defensas un par de recreos. También se habían encontrado una vez en el club de intercambio de parejas, pero eso Jose Alberto lo intentaba olvidar. Él también tenía las llaves de su deportivo en la mano, sin deportivo a la vista.
-Y que lo digas. Al Manzano se le han acabado los días. Seguro que se lleva comisión por cada licencia que otorga. Esos sí que saben, pero despues la mala fama nos la llevaoms los de la Nueva Economía.
-Ya te digo. Maté a un perro…
-Qué me vas a contar. El Lunes mismo acabaron de hacerme la revisión.
-Puf. A mi me toca ya mismo. ¿Te tocó el Hinojosa?
-No, la zorrilla nueva. Estaba ahí, revisando los papeles, y yo pensando…
-Jeje, ya te digo, a esa la revisaba yo, jejeje…
-Jejeje.

El cielo tronó y un dragón negro escribió con su aliento de fuego “EL FIN HA LLEGADO. ARREPIÉNTETE PECADOR”. Evidentemente, las letras de fuego eran de un fuego más oscuro, para no confundirse con el fuego del fondo.

-¿El fin ha llegado? ¿El fin de qué?- preguntó Eremburu.
-No sé. Supongo que de la existencia- una duda acababa de aferrarse al hígado de Jose Alberto-…oye Eremburu, ¿nosotros somos pecadores?
-Dijimos no hablar más de eso- Eremburu se puso serio.
-No, no me refiero a eso…bueno, sí, pero a lo demás también…o sea, nuestras vidas, ¿son de pecadores?
-Bueno, supongo que sí…- Eremburu leyó la Biblia en la comunión, lo que le daba más categoría a sus afirmaciones. Jose Alberto observó como la valla de su vecino se derretía más rápido que la suya. Ello le llenó momentaneamente de orgullo. Jeje, por comprar en Merlin, tiocutre, pensó…- nuestras vidas no han sido nada pías, no hemos practicado la compasión ni la solidaridad, yo no me confieso desde la confirmación -¿la había hecho Jose Alberto?- y aparte de farlopero soy putero, una vez le pegué a una, y a veces le digo a Ana que no tire de la cisterna para masturbarme con lo que queda. Supongo que tú a tu manera tendrás cosas asi, ¿no?
-Bueno, sí, claro que no las mismas – Jose Alberto se acordó de las bragas con ositos que guardaba en la caja de herramientas vieja en el garaje y que una vez había encontrado mal dobladas en otro compartimento – pero sí, más o menos sí…- la sensación del hígado se recrudeció- Ey tú, ¿tú a que hora entras? Porque sin coche no llegamos me parece a mi…
-Pues no, habrá que ir en metro, que remedio…si es que el Manzano no se lo ha cargado también.
-Pues no me extrañaría… oye, ¿y si nos pegamos una carrerita hasta la estación, como cuando jugabas de lateral?

Eremburu sonrió malévolo por debajo del bigote- ¡¡El último paga!!- y empezó a correr sin más aviso, lanzándose atléticamente con maletín, bigote y Barbour hacia el interior del fuego. Estaba en buena forma el cabrón.

Jose Alberto sintió de repente una alegría loca de esas que se sienten de pequeño cuando haces trampas, pero no tenía mucho sentido porque la trampa se la habían hecho a él. Qué más da, pensó, yo voy de sport, no llegará muy lejos con ese Barbour, y echó a correr hacia la valla, saltándola grácilmente mientras reía como un poseso.

El hígado le dijo algo cuando su pierna delantera penetró en el fuego, pero él no le hizo caso.

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